Vivo con mi madre y mi padre en una casa que se llama Alma del Monte. Está en la montaña, encima de La Canalosa, un pueblecito de Alicante. Hay almendros, romero, mucho viento y un cielo enorme. A veces vienen jabalíes por la noche.
Empecé con las abejas en la primavera, porque hay un apicultor cerca de casa que me dejó mirar. La primera vez que me puse el traje me sobraban los guantes y me reía solo. Ahora ya no me sobran tanto.
Mis amigos del pueblo
Aunque nuestra casa está en el monte, La Canalosa está aquí al lado, y tengo muchos amigos en el pueblo. Vamos juntos al cole, jugamos en la calle, hacemos cabañas, y a veces les cuento las cosas nuevas que voy aprendiendo de las abejas. A algunos también les gustan — a otros menos, y eso también está bien.
Por qué cuento todo esto
Mi madre dice que cuando sea mayor querré acordarme de estos meses con las abejas. Así que vamos guardando lo que aprendo en este diario, con dibujos. Así otros niños que también tengan curiosidad pueden aprender un poquito.
Esto no es una tienda de miel. Es un cuaderno. Algún día habrá tarros, igual, pero primero las historias.
Alma del Monte y La Canalosa
Alma del Monte es el nombre de la casa. Está sola en la sierra, rodeada de campo. La Canalosa, el pueblo, es muy pequeño — somos menos de trescientas personas. Hay olivos, almendros, montones de romero y tomillo, y unas piedras muy bonitas que algún día también te quiero enseñar.
Las abejas no quieren hacer daño. Solo quieren proteger su casa. Si las cuidamos bien, ellas seguirán haciendo miel para todos.
Cómo lo hacemos
Yo no estoy solo. Cuido las abejas con un apicultor mayor que sabe muchísimo, y con mis padres, que me ayudan en todo y escriben conmigo este diario (yo se lo cuento, ellos lo ordenan). Las decisiones importantes las toma el apicultor — yo todavía estoy aprendiendo.
Tenemos doce colmenas en la sierra, y otras cosas que también están vivas: un huerto, un quad, y muchísimas piedras bonitas en una caja debajo de mi cama. Pero eso es otra historia.